Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Está bueno, amigo mÃo! MartÃn Guerra soy yo.
—¿Vos? ¡Imposible! ¿Cómo habÃais de anunciar vos mismo vuestro propio ahorcamiento?
—¿Pero, por qué, cómo, dónde y cuándo te he anunciado yo semejante atrocidad? —preguntó MartÃn.
—¿Lo digo todo? —preguntó a su vez el campesino.
—Todo; absolutamente todo —respondió MartÃn.
—¿A pesar del encargo que me hicisteis?
—A pesar del encargo.
—¡Vaya! Pues entonces, ya que tan flaco sois de memoria, voy a decirlo todo. Peor para vos que me obligáis. Hace de esto seis dÃas. Por la mañana, estaba yo escardando mi campo…
—Antes de seguir adelante, dinos dónde está tu campo —dijo MartÃn Guerra interrumpiendo al narrador.
—¿Pero he de decir la verdad… verdadera? —preguntó el campesino.
—¡Claro que sÃ, animal!
—Pues bien: mi campo está a espaldas de Montargis. Repito que estaba yo escardando, cuando pasasteis vos por el camino, llevando a la espalda un saco de viaje.
«—¡Eh, amigo! ¿Qué se hace? —preguntasteis.
»—Aquà estoy escardando —contesté.