Las dos Dianas
Las dos Dianas »—Sà —respond×. Pero creo que antes me hablasteis de veinte escudos y ahora decÃs que me darán diez.
»—¡Imbécil! —replicasteis—. ¡Toma los otros diez adelantados!
»—¡Sea en buena hora! ¿Pero qué contesto si la buena mujer AloÃsa me pregunta cómo era el señor MartÃn Guerra, a quien no he visto en mi vida?
»—¡MÃrame!
»—Ya os miro.
»—Hazte mi retrato, quiero decir, da mis señas, y esas son las de MartÃn Guerra.
—¡Qué extraño es todo esto! —exclamó Gabriel, que escuchaba con profunda atención al narrador.
—He venido —continuó el campesino— dispuesto a repetir la lección que me obligasteis a aprender de memoria, y me encuentro con que habéis llegado antes que yo. Verdad es que me he aburrido en el viaje, y que algún rato he pasado en las tabernas, cercenando un poco los diez escudos que me disteis, en la confianza de cobrar pronto los otros diez, pero he tenido buen cuidado de no rebasar el plazo que me fijasteis. Seis dÃas de tiempo me concedisteis, y seis dÃas hace hoy que nos separamos en Montargis.