Las dos Dianas
Las dos Dianas
PENAS entraron en la calle de Saint-Jaques, Coligny se detuvo frente a una casa de humilde apariencia. Llamó a su puerta, pequeña y baja, abrióse al punto un ventanillo, y luego que el invisible portero hubo reconocido al almirante, franqueó la puerta.
Gabriel, siguiendo a su noble guía, atravesó un pasillo largo y oscuro, y subió por una escalera carcomida hasta llegar a los desvanes. Coligny llamó a la puerta de la habitación más alta y miserable de la casa dando tres golpes, no con la mano, sino con el pie.
Abrieron al instante la puerta y nuestros visitantes entraron en una cámara de grandes proporciones, pero triste y desnuda. Dos ventanas estrechas, una de las cuales daba a la calle de Saint-Jaques y otra al patio interior, dejaban pasar apenas una claridad opaca. En cuanto a muebles, no había más que cuatro escabeles y una mesa de encina de pies torneados.
Al entrar el almirante, salieron a recibirle dos hombres que, al parecer, le estaban esperando. Otro tercero se quedó discretamente a cierta distancia, delante de la ventana que daba a la calle, y solamente hizo desde allí una reverencia profunda a Coligny.