Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Teodoro, y vos, capitán —dijo el almirante a los dos hombres que habían salido a su encuentro—; os traigo y presento a un amigo, que si no ha sido antes de los nuestros, ni lo es ahora, no dudo que ha de serlo en el porvenir.

Los dos desconocidos se inclinaron silenciosos ante el vizconde de Exmés, y seguidamente el más joven, el llamado Teodoro, se puso a hablar en voz baja pero con animación con Coligny.

Retiróse un poco Gabriel para que pudiesen hablar con más libertad, y entonces pudo examinar a su sabor a los hombres a quienes acababa de ser presentado por el almirante, y cuyos nombres ignoraba aún.

El capitán, caballero de facciones pronunciadas y de movimientos decididos, tenía todas las características de los hombres resueltos y de acción. Era alto, moreno y nervudo. Cualquiera, sin poseer grandes dotes de observación, podía leer en su frente la audacia, el ardor en sus ojos y la energía de voluntad en los pliegues de sus labios contraídos.

El compañero de este aventurero altivo parecía más bien un cortesano; era un tipo gracioso, de cara ovalada, regordeta y alegre, de mirada dulce, de gestos y modales finos y elegantes. Su traje, perfectamente ajustado a las leyes de la última moda, formaba singular contraste con el sencillo y austero del capitán.


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