Las dos Dianas
Las dos Dianas Llamaba la atención el tercer personaje, el que habÃa permanecido en pie y separado de los demás, a pesar de su actitud reservada, pues las enérgicas lÃneas de su rostro, su frente espaciosa, la limpidez y profundidad de su mirada, indicaban muy a las claras que era hombre de gran potencialidad mental, un verdadero genio.
Coligny, después de haber cambiado algunas frases con su amigo, se acercó a Gabriel.
—Os pido perdón —le dijo—, pero no soy el único que mando aquÃ. He tenido que contar con el beneplácito de mis hermanos antes de deciros dónde y en compañÃa de quién os halláis.
—¿Puedo saberlo ya? —preguntó Gabriel.
—Podéis saberlo, amigo mÃo.
—¿Dónde estoy?
—En la humilde estancia donde el hijo del tonelero de Noyón, Juan Calvino, celebró las primeras reuniones secretas de los reformados.
—¿Y quiénes son los que me rodean? —preguntó Gabriel.
—Los discÃpulos del reformador: Teodoro de Beza, que es su pluma, y La Rénaudie, que es su espada.
Gabriel saludó al elegante escritor que debÃa ser el historiador de las Iglesias reformadas, y al capitán aventurero que serÃa, poco tiempo después, el provocador del motÃn de Amboise.