Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Con vuestra venia, señores, voy a pronunciar algunas palabras —dijo Gabriel—. Ahora sé ya donde estoy, y adivino los motivos que han impulsado a mi amigo el señor almirante para traerme a esta casa, donde se reúnen los hombres que Enrique II llama sus mortales enemigos. Pero correspondería mal a la confianza de mi noble amigo si no hiciera constar que, dadas las circunstancias que en mí concurren, me es imposible prestar atención a ideas o principios filosóficos o teológicos, porque necesito dedicarla por entero a las personas y a los hechos. La causa que aquí se defiende no puede ser mi causa, aunque quien sabe si será el medio por el cual llegue yo a conseguir el fin que me he propuesto, y en este caso, si combato a vuestro lado lo haré, no en defensa de vuestros principios, sino por mi propio interés. Me diréis que me llevan a vosotros motivos egoístas, motivos demasiados personales, y yo contestaré diciendo que tenéis razón, y que lo mejor que podéis hacer es rechazarme, arrojarme de vuestro lado.

—No, señor de Exmés —contestó Teodoro de Beza—. Preferiríamos, como es natural, que os guiasen fines más puros y elevados, pero vuestra franqueza es ya un mérito que os hace acreedor a pertenecer a los nuestros.



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