Las dos Dianas
Las dos Dianas
AS primeras palabras que Gabriel oyó al llegar con Coligny a las puertas del Louvre, le dejaron consternado: el rey no recibía aquel día.
El almirante, no obstante ser sobrino de Montmorency, se había hecho muy sospechoso de herejía y gozaba de muy escaso favor en la corte, y Gabriel de Exmés, el antiguo capitán de guardias del rey, no era ya conocido por ujieres, los cuales habían olvidado su fisonomía y hasta su nombre. Los dos amigos encontraron dificultades sin cuento para que les permitieran rebasar las puertas exteriores, pero mayores y más invencibles fueron los obstáculos que encontraron dentro. Más de una hora de tiempo hubieron de perder en contestaciones, promesas y amenazas; apenas acababan de conseguir que alzasen una alabarda, otra nueva venía a cerrarles el paso. Es decir, se les multiplicaban espantosamente esos dragones, más o menos invencibles, que guardan a los reyes.
A fuerza de instancias consiguieron llegar a la gran galería que precedía al gabinete de Enrique II, pero les fue imposible pasar de allí: la consigna era demasiado severa y terminante. El rey, encerrado con el condestable y con Diana de Poitiers, había ordenado estrictamente que no se le molestase bajo ningún pretexto.