Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Si Gabriel quería ser recibido por el rey, tendría que esperar toda la noche.

¡Esperar aún, cuando creía tocar el término de tantas luchas, de tantos dolores! La nueva espera era desesperante para aquel joven que tantos peligros había sabido desafiar y vencer.

Sin hacer caso de las palabras con que el almirante procuraba consolarle, y desoyendo las exhortaciones que le dirigía para que tuviese paciencia, Gabriel, próximo a una ventana, miraba tristemente las gotas de agua que empezaba a enviar a la tierra un cielo encapotado, y lleno de cólera y de angustia, apretujaba convulsivamente el puño de su espada.

¿Cómo arrollar a los guardias que le impedían llegar hasta la cámara del rey, dónde probablemente le esperaba la libertad de su padre?

De pronto se alzó el cortinón de la antecámara real y se dejó ver una aparición blanca y radiante que, a juicio del triste joven, iluminó la atmósfera gris y lluviosa.

La juvenil reina-delfina, María Estuardo, atravesaba la galería.

Instintivamente dejó Gabriel escapar un grito y tendió los brazos hacia ella.

—¡Oh, señora! —exclamó, sin darse cuenta de su movimiento ni de sus palabras.


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