Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Volvióse María Estuardo, reconoció al almirante y a Gabriel y se dirigió hacia ellos con la sonrisa en los labios, como tenía por costumbre.

—Al fin estáis de vuelta, señor vizconde de Exmés —dijo—. Me alegro de volveros a ver. He oído hablar mucho de vos de algún tiempo a esta parte… ¿Pero, qué buscáis en el Louvre tan temprano? ¿Qué deseáis?

—¡Hablar al rey, señora, hablar al rey! —contestó Gabriel con voz sofocada.

—El señor de Exmés tiene, en efecto, necesidad absoluta de hablar al rey —dijo Coligny—. El asunto es grave y urgente, tanto para él como para el mismo rey, y esos guardias le impiden el paso, diciendo que hasta la noche no hay audiencia.

—¡Como si yo pudiera esperar hasta la noche! —exclamó Gabriel.

—Creo —dijo María Estuardo— que es cierto que el rey acaba de dar en este momento órdenes terminantes. Está con el rey el señor condestable de Montmorency, y francamente… no me atrevo…

Una mirada suplicante de Gabriel impidió que terminase la frase.

—¡Vaya! —repuso—. Si se molesta, tendremos paciencia. ¡Me arriesgo!


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