Las dos Dianas
Las dos Dianas
pesar del dominio que sobre si mismo tenÃa Gabriel, no pudo impedir que la palidez invadiera su rostro y que la emoción hiciese temblar su voz cuando, después de una pausa, dijo al rey:
—Señor: temblando, y lleno al mismo tiempo de una confianza profunda en vuestra real promesa, me atrevo, apenas libre de mi dilatado cautiverio, a recordar a vuestra majestad el compromiso solemne que se dignó contraer conmigo. ¡El conde de Montgomery vive aún, señor! Si asà no fuera, habrÃais atajado hace tiempo a mis palabras…
Hizo una pausa. SentÃa en su pecho una opresión terrible. Como el rey continuara inmóvil y mudo, repuso Gabriel:
—¡Pues bien, señor! Supuesto que el conde de Montgomery vive, y ya que, según atestigua el señor almirante, yo prolongué más allá del plazo señalado por vuestra majestad la defensa de San QuintÃn, de la misma manera que yo, señor, he cumplido con creces mi promesa, no dudo que vuestra majestad me cumplirá la suya… ¡Señor…! ¡Devolvedme a mi padre!
—¡Caballero…! —dijo el rey vacilando y puestos los ojos en Diana de Poitiers, cuyo aplomo y tranquilidad continuaban inalterables.