Las dos Dianas
Las dos Dianas
LOÍSA, asomada a una ventana de la planta baja del palacio, esperaba llena de angustia la vuelta de Gabriel. Cuando le vio llegar, levantó al cielo los ojos llenos de lágrimas, lágrimas de dicha, de gratitud, de júbilo.
—¡Bendito sea Dios! ¡VolvĂ©is al fin, monseñor! —exclamó—. ÂżSalĂs del Louvre? ÂżHabĂ©is visto al rey?
—Le he visto —respondió Gabriel.
—¿Y bien?
—Es necesario esperar más.
—¡Esperar más! —exclamĂł AloĂsa juntando las manos—. ¡SantĂsima Virgen! ¡Es tan triste y tan difĂcil seguir esperando!
—SerĂa imposible si, mientras espero, permaneciese inactivo; pero obrarĂ©, gracias a Dios, y obrando, podrĂ© distraerme durante el camino, puestos los ojos en el tĂ©rmino del viaje.
EntrĂł en la sala y arrojĂł su capa sobre el respaldo de un sillĂłn.
No vio a MartĂn Guerra, que estaba sentado en un rincĂłn sumergido en profundas reflexiones.
—¡Vamos, MartĂn… modelo de haraganes! —exclamĂł AloĂsa—. ÂżNi siquiera sabĂ©is quitar la capa a monseñor?