Las dos Dianas

Las dos Dianas

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CapĂ­tulo L

ALOÍSA, asomada a una ventana de la planta baja del palacio, esperaba llena de angustia la vuelta de Gabriel. Cuando le vio llegar, levantó al cielo los ojos llenos de lágrimas, lágrimas de dicha, de gratitud, de júbilo.

—¡Bendito sea Dios! ¡Volvéis al fin, monseñor! —exclamó—. ¿Salís del Louvre? ¿Habéis visto al rey?

—Le he visto —respondió Gabriel.

—¿Y bien?

—Es necesario esperar más.

—¡Esperar más! —exclamó Aloísa juntando las manos—. ¡Santísima Virgen! ¡Es tan triste y tan difícil seguir esperando!

—Sería imposible si, mientras espero, permaneciese inactivo; pero obraré, gracias a Dios, y obrando, podré distraerme durante el camino, puestos los ojos en el término del viaje.

EntrĂł en la sala y arrojĂł su capa sobre el respaldo de un sillĂłn.

No vio a MartĂ­n Guerra, que estaba sentado en un rincĂłn sumergido en profundas reflexiones.

—¡Vamos, Martín… modelo de haraganes! —exclamó Aloísa—. ¿Ni siquiera sabéis quitar la capa a monseñor?


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