Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Perdón, oh, perdón! —exclamó MartÃn Guerra saliendo de su ensimismamiento y poniéndose en pie.
—¡Quieto, MartÃn; no te molestes! —dijo Gabriel—. Me disgusta, AloÃsa, que riñas a mi pobre MartÃn. Su celo y su adhesión me son ahora más necesarios que nunca, y tengo que hablar con él de asuntos graves.
Cualquier deseo del vizconde de Exmés era para su buena nodriza obligación sagrada, asà fue que perdonó al punto al escudero, y hasta le favoreció con una sonrisa, saliendo discretamente de la estancia a fin de dejar a Gabriel en libertad completa.
—Vamos a ver, MartÃn ¿qué hacÃas allá cuando yo entré? —preguntó Gabriel—. Con franqueza, ¿cuál era el objeto de tus graves meditaciones?
—Me estaba devanando los sesos, con perdón de monseñor, intentando descifrar el misterio del hombre de esta mañana —respondió MartÃn Guerra.
—Y qué, ¿has descifrado algo?
—Muy poco, monseñor, muy poco. Confesaré francamente que, por más que abro los ojos, no veo más que una noche muy oscura.
—Pero yo te anuncié, MartÃn, que creÃa haber vislumbrado algo que no es precisamente noche oscura.
—Verdad es, monseñor; ¿pero qué es lo que habéis vislumbrado?