Las dos Dianas
Las dos Dianas —No es llegada la ocasión de decÃrtelo, MartÃn… Dime: ¿puedo contar contigo?
—¡Y lo pregunta, monseñor!
—No, MartÃn; de ello estoy más que persuadido. He querido decir que necesito de ti. Es preciso que por algún tiempo te olvides de ti mismo y que no te acuerdes de aquella sombra que tan malos ratos te hizo pasar, y que te garantizo que disiparemos más adelante. Por ahora me, eres necesario, MartÃn.
—¡Tanto mejor! ¡Me alegro! ¡Tanto mejor! —exclamó MartÃn Guerra.
—Pero entendámonos bien: te necesito todo entero, me hace falta tu valor, tu vida. ¿Quieres fiar en mÃ, aplazar para más adelante tus inquietudes personales y entregarte a mi suerte?
—¡Que si lo quiero! —exclamó MartÃn—. ¡Pero, monseñor… si es mi deber, mi obligación… y al mismo tiempo mi gusto! ¡Por San MartÃn, mi patrón! Demasiado tiempo he estado separado de vos. Necesito recobrar el tiempo perdido, y lo recobraré, granice, truene o caigan rayos. Si cada una de mis trusas ocultase legiones enteras de Martines Guerras, aun asà podrÃais estar tranquilo, monseñor, porque me burlarÃa de ellos, me reirÃa en sus barbas. Tenga yo ante mis ojos a mi señor, y no veré a nadie más en el mundo.