Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Corazón valiente! —exclamó Gabriel—. Ten, sin embargo, en cuenta, MartÃn, que la empresa en que trato de empeñarte está erizada de peligros y rodeada de abismos.
—¡Y qué! ¡Los peligros se vencen, y los abismos se salvan de un salto!
—Nos jugaremos la vida cien veces al dÃa.
—Cuanto más crecido es el tanto, tanto más entretenida resulta la partida.
—Pero es que se trata de una partida terrible que no podremos abandonar, amigo mÃo, una vez hayamos tomado cartas, hasta que juguemos la última.
—O somos buenos jugadores o no —replicó con gallardÃa el escudero.
—Te felicito por tu gran resolución, pero sin duda tú no sospechas los lances terribles y los peligros espantosos que lleva consigo la lucha más que humana en que te voy a empeñar, lucha en la que tal vez se estrellarán todos nuestros esfuerzos sin que estos nos valgan ninguna recompensa. ¡Piénsalo bien, MartÃn! Con sinceridad te digo que la empresa que quiero acometer, cuando la estudio a sangre frÃa, a mà mismo me da miedo.
—¡Bah! —exclamó MartÃn Guerra—. Los peligros y yo nos conocemos de antiguo, somos excelentes amigos, y cuando uno ha tenido el honor de ser ahorcado…