Las dos Dianas
Las dos Dianas —Es que necesitaremos desafiar a los elementos, burlarnos de las tempestades, reÃrnos de los imposibles…
—¡Nos reiremos! Hablando francamente, monseñor, desde que me ahorcaron, los dÃas que vivo me parecen de gracia, y no voy a regatear con Dios el aumento que se ha servido concederme. Cuando un mercader, después de ajustado un artÃculo, os hace una rebaja sobre el precio convenido, no se le debe molestar con exigencias, como no sea uno un ingrato y un necio.
—Entonces, MartÃn, no hay más que hablar; te veo resuelto a unir tu suerte a la mÃa. ¿Estás decidido a seguirme?
—¡Hasta el infierno, monseñor! ¡Digo! Siempre que no sea para acariciar las barbas de Satán, que por algo es uno buen católico.
—En cuanto a eso, puedes estar tranquilo: si vienes conmigo, podré comprometer tu vida en este mundo, pero nunca tu salvación eterna en el otro.
—¡Pues no necesito más! ¿Pero, no me dijo antes monseñor que necesitaba pedirme algo más que la vida?
—SÃ, MartÃn —contestó Gabriel riéndose de la heroica ingenuidad de la pregunta—. Además de pedirte el sacrificio de tu vida, necesito que me prestes otro servicio.
—¿De qué se trata, monseñor?