Las dos Dianas
Las dos Dianas —Quiero que busques, y hagas por encontrar, lo antes posible, hoy mismo, si humanamente puedes hacerlo, una docena de compañeros de tu temple, bravos, duros, atrevidos, que no teman al hierro ni al fuego, que sepan soportar sin quejarse el hambre y la sed, el frÃo y el calor, que obedezcan como angelitos y se batan como demonios. ¿Podrás hacerlo?
—Según. ¿Se les pagará bien?
—Una moneda de oro por cada gota de sangre que viertan. Mi fortuna es lo que menos me importa en la piadosa y ruda empresa que voy a acometer.
—A ese precio, monseñor —contestó el escudero—, en dos horas me comprometo a reuniros unos hampones[16] que no se quejarán de las heridas que reciban: yo os lo aseguro. Otros como ellos no han de encontrarse en Francia, y menos en ParÃs. ¿Pero, a quién han de servir?
—A mà —contestó el vizconde de Exmés—, pero no como capitán de guardias. Tomaré parte en la campaña que se prepara como voluntario, como aventurero, y necesito llevar conmigo alguna gente.