Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Siendo así, monseñor, puedo disponer desde luego de cinco a seis de nuestros antiguos valientes de la guerra de Lorena. Los pobres diablos se van quedando amarillos desde que vos los licenciasteis… ¡Y no se alegrarán, que digamos, cuando les diga que van a entrar nuevamente en fuego mandados por vos! Puesto que la gente que he de reclutar es para vos, esta noche os presentaré la compañía completa.

—Está muy bien —dijo Gabriel—. Exigirás, como condición necesaria a los que enganches, que deberán estar dispuestos a salir de París en todo momento y a seguirme a donde yo les lleve, sin hacer una pregunta, ni ver siquiera si caminamos hacia el Sur o hacia el Norte.

—Como caminarán hacia la gloria, y el dinero les vendará los ojos, nada verán, monseñor.

—Cuento, pues, con ellos, y contigo, Martín. Por lo que a ti toca…

—No hablemos de mí, monseñor.

—Al contrario, tenemos que hablar de ti. Si salimos con vida de la empresa, me obligo solemnemente en este punto y hora a hacer por ti todo lo que tú hayas hecho por mí, a servirte a mi vez contra tus enemigos hasta librarte de ellos y dejarte tranquilo. Y ahora, venga tu mano, mi fiel escudero, que quiero estrecharla.

—¡Oh, monseñor! —exclamó Martín Guerra, besando con respeto la mano que Gabriel le tendía.


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