Las dos Dianas
Las dos Dianas —Sin perder un momento, MartÃn; a cumplir mi encargo. ¡Discreción y valor! Adiós, que necesito quedarme solo.
—Dispensad la pregunta, monseñor: ¿vais a permanecer en casa? —preguntó MartÃn.
—Hasta las siete, sÃ: a las ocho debo estar en el Louvre.
—Siendo asÃ, espero presentaros antes de las siete algunas muestras del personal de vuestra tropa.
Saludó y salió, respirando orgullo y a la vez preocupación por verse investido de tan alta misión.
Gabriel se encerró en su gabinete y dedicó el dÃa al estudio del croquis que a su salida de Calais le entregara Juan Peuquoy, a escribir varias notas, a pasear, y a meditar. Necesitaba ponerse en condiciones de contestar cuantas objeciones pudiera hacerle el duque de Guisa. Sólo interrumpÃa de vez en cuando sus estudios o sus meditaciones para exclamar con voz firme y corazón inflamado:
«¡Te salvaré, padre mÃo! ¡Diana… te salvaré!».
Eran próximamente las seis y acababa Gabriel, cediendo a reiteradas instancias de AloÃsa, a tomar algún alimento, cuando se le presentó MartÃn Guerra en actitud grave y ceremoniosa.