Las dos Dianas
Las dos Dianas —¿Querrá monseñor recibir a seis o siete de los qué aspiran a servir a vuestras órdenes, a Francia y a su rey? —preguntó.
—¡Cómo! ¿Me traes ya seis o siete? —exclamó Gabriel.
—Son seis o siete de los que no tienen la honra de ser conocidos por monseñor, y nuestros antiguos valientes de Metz completarán la docena. Todos anhelan arriesgar su piel por un amo como vos y han aceptado, encantados, cuantas condiciones os habéis servido u os sirváis imponerles.
—¡Diablo! ¡No has perdido el tiempo, MartÃn! Veamos: introduce a esos hombres.
—Uno a uno, ¿verdad, monseñor? —preguntó MartÃn Guerra—. Asà podréis juzgarles mejor.
—Uno a uno; sea —respondió Gabriel.
—Una palabra más —añadió el escudero—: No tengo necesidad de advertiros, monseñor, que todos esos hombres me son bien conocidos, unos, la mayor parte, personalmente; otros, los menos, por informes exactos y seguros que he tomado. Son de inclinaciones y temperamentos diferentes y de instintos variados, pero su caracterÃstica común es la bravura a toda prueba. De esta cualidad tan esencial no tengo inconveniente en responder yo, pero me permitiré suplicar a monseñor que sea indulgente con las travesurillas de algunos.