Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—De lo que estoy seguro es de que Dios castigará al culpable —observó Pedro—. Pero no pensemos ahora en él, que tenemos otras cosas más importantes que reclaman nuestra atención, y sólo disponemos dé tres días para prepararlo todo. Necesitamos salir, conferenciar con nuestros amigos, contar las armas…

Y repitió, bajando mucho la voz:

—¡Juan… acordémonos del cinco!

Un cuarto de hora más tarde, mientras Babette, retirada a su habitación, daba gracias a Dios sin saber de qué, el armero y el tejedor recorrían las calles de la ciudad. Parecía que habían olvidado por completo a Martín Guerra, el cual, dicho sea de paso, ni remotamente soñaba en lo que le preparaban en la ciudad de Calais, donde en su vida había puesto los pies.

Los cañones continuaban tronando, o para decirlo como Rabutin, cargaban y descargaban con furia maravillosa su tempestad de artillería.



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