Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¡Vaya un mozo duro y valiente! —exclamó el duque de Guisa, que no había perdido palabra del singular diálogo.

—Mala Muerte es así —respondió Gabriel sonriendo—. Yo quisiera suplicaros, monseñor, que ordenarais que fuese trasladado a la ambulancia, donde podrán vigilarle mejor que aquí, porque si se entera de que se ha entablado algún combate, es muy capaz de querer levantarse, pese a las prescripciones del doctor.

—Nada más sencillo —dijo el duque—; que le lleven sus mismos camaradas.

—Es el caso, monseñor —replicó Gabriel con cierta turbación—, que es muy posible que esta noche necesite de toda mi gente.

—¡Ah! —exclamó el duque de Guisa fijando en el vizconde una mirada de sorpresa.

—Si al señor de Exmés le parece bien —dijo Ambrosio Paré—, yo enviaré a dos de mis practicantes con una parihuela.

—Gracias mil, y acepto —contestó Gabriel—. Os recomiendo mucha vigilancia, doctor.

—¡Ay! —gritó Mala Muerte con desesperación.

Salió Ambrosio Paré después de haberse despedido del duque de Guisa. A una señal de Martín Guerra, las gentes del vizconde se retiraron a un extremo de la tienda y Gabriel pudo conferenciar con el general que dirigía el sitio sin que nadie les oyera.


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