Las dos Dianas

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Capítulo VI

GABRIEL hizo una seña a Martín Guerra apenas entró en su tienda después de haber acompañado hasta la puerta a su ilustre visitante. El escudero salió en seguida sin necesidad de más explicación.

Volvió sobre quince minutos después acompañando a un hombre extremadamente pálido y vestido miserablemente.

Martín se aproximó a su señor que había vuelto a sumergirse en sus reflexiones. Los voluntarios jugaban o dormían.

—Monseñor —dijo Martín Guerra—; tenemos aquí a nuestro hombre.

—¡Ah! ¡Muy bien! —contestó Gabriel—. ¿Sois vos el pescador llamado Anselmo, de quién me ha hablado Martín?

—Yo soy el pescador Anselmo, monseñor.

—¿Sabéis el servicio que esperamos de vos?

—Me lo ha comunicado vuestro escudero, monseñor, y estoy a vuestras órdenes.

—Martín Guerra debe de haberos dicho también que en esta expedición corréis el riesgo de perder la vida, como lo corremos nosotros.

—¡Oh! No necesitaba que él me lo dijera; lo sabía tan bien, si no mejor que vuestro escudero.

—¿Pero, con todo, habéis venido?

—Ya lo veis.


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