Las dos Dianas
Las dos Dianas
ABRIEL hizo una seña a MartÃn Guerra apenas entró en su tienda después de haber acompañado hasta la puerta a su ilustre visitante. El escudero salió en seguida sin necesidad de más explicación.
Volvió sobre quince minutos después acompañando a un hombre extremadamente pálido y vestido miserablemente.
MartÃn se aproximó a su señor que habÃa vuelto a sumergirse en sus reflexiones. Los voluntarios jugaban o dormÃan.
—Monseñor —dijo MartÃn Guerra—; tenemos aquà a nuestro hombre.
—¡Ah! ¡Muy bien! —contestó Gabriel—. ¿Sois vos el pescador llamado Anselmo, de quién me ha hablado MartÃn?
—Yo soy el pescador Anselmo, monseñor.
—¿Sabéis el servicio que esperamos de vos?
—Me lo ha comunicado vuestro escudero, monseñor, y estoy a vuestras órdenes.
—MartÃn Guerra debe de haberos dicho también que en esta expedición corréis el riesgo de perder la vida, como lo corremos nosotros.
—¡Oh! No necesitaba que él me lo dijera; lo sabÃa tan bien, si no mejor que vuestro escudero.
—¿Pero, con todo, habéis venido?
—Ya lo veis.