Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¡Muy bien, amigo! Demostráis que tenéis un corazón valiente.

—O una existencia naufragada, monseñor.

—¡Cómo es eso! ¿Qué queréis decir?

—¡Por Nuestra Señora de la Gracia! —exclamó Anselmo—. Todos los días arrostro la muerte por traer de la mar algún pescado, y me acontece con frecuencia que nada traigo; no es, pues, grande mi mérito si hoy me juego la piel por vos, siendo así que os comprometéis, tanto si la pierdo como si vuelvo con ella, a asegurar la suerte de mi mujer y de mis tres hijos.

—Sí —observó Gabriel—; pero el peligro que afrontáis todos los días es un peligro incierto y que no contempla la vista. Seguramente no os hacéis a la mar cuando brama la tempestad. En cambio el peligro que hoy vais a correr es seguro y visible.

—No niego que se necesita estar loco o ser un santo para aventurarse en la mar en una noche como esta, pero no es de mi incumbencia escoger el día o el momento, puesto que así lo queréis vos; mi deber es seguiros y callar. Por adelantado me habéis pagado el importe de mi cuerpo y el de mi barca; nada me debéis. Únicamente habréis de ofrecer un cirio de cera a la Santísima Virgen si llegamos sanos y salvos.


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