Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Por fortuna, los dos Scharfenstein, tío y sobrino, que eran curiosos por temperamento, andaban husmeando por aquella parte. Los individuos de la ronda no tuvieron tiempo de dar un grito: una mano disforme tapó inopinadamente las bocas a los cuatro, a tiempo que los derribaban de espaldas. Acudieron al punto Pilletrousse y dos más, y en un abrir y cerrar de ojos los desarmaron, amarraron y amordazaron.

—¡Buena faena! —exclamó Pedro Peuquoy—; ahora, monseñor, es necesario asegurar a los demás centinelas y sorprender el cuerpo de guardia. Hay que acudir a dos puntos importantes, pero no temáis ni os importe la superioridad numérica; pues más de la mitad de la milicia urbana, trabajada por Juan y por mí, espera a los franceses para pelear a su lado. Bajaré yo primero para comunicar a mis amigos la nueva feliz de vuestra llegada. Entretanto, podéis ocuparos de los centinelas y de las patrullas. Cuando yo vuelva a subir, mis palabras habrán realizado las tres cuartas partes de la obra.

—¡Ah! ¡Cuán agradecido os estaría, Pedro Peuquoy, si no hubieseis causado la muerte de Martín Guerra! —exclamó Gabriel—. ¡Creísteis realizar un acto de justicia, y cometisteis un verdadero crimen!


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