Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Os suplico por segunda vez, monseñor, que no juzguéis un acto del que sólo Dios y mi conciencia tienen derecho a pedirme cuentas —replicó con gravedad el rígido armero—. Os dejo. Trabajad por vuestra parte, que yo trabajaré todo lo posible por la mía.

Todo sucedió tal como Pedro Peuquoy había anunciado: la mayor parte de los milicianos eran franceses de corazón: tan sólo uno intentó resistir, y fue agarrotado y puesto en estado de no poder molestar.

Cuando el armero volvió a subir, acompañado por su primo Juan y algunos amigos de toda su confianza, toda la parte alta del fuerte de Risbank estaba en poder del vizconde de Exmés.

Faltaba apoderarse de los cuerpos de guardia, empresa que acometió Gabriel tan pronto como recibió los refuerzos conducidos por los Peuquoy.

Fueron aprovechados magistralmente los primeros momentos de sorpresa y de indecisión. La inmensa mayoría de los que, bien por su nacimiento, bien por interés eran partidarios de los ingleses, dormían todavía, tranquilos y sin temor, en sus lechos de campaña, y antes de que pudieran despertar, por decirlo así, se encontraron agarrotados.


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