Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡No importa! —gritó de pronto, pálido de furor y de desesperación—. ¡Les venderé cara la victoria! ¡Calais es suyo, fuera necio forjarse ilusiones, pero me defenderé hasta el último extremo y haré que paguen su preciosa conquista con miles de cadáveres! En cuanto al enamorado de la hermosa Diana de Castro…
Hizo una pausa. Un pensamiento infernal penetró en su mente, iluminando con destellos de alegrÃa satánica su rostro sombrÃo.
—En cuanto al amante de la hermosa Diana —continuó con feroz complacencia—, si yo quedo sepultado, como es mi deber y mi voluntad, debajo de las ruinas de Calais, antes habré tomado mis medidas para que no le produzca un regocijo excesivo mi muerte. Su rival agonizante y vencido le reserva una sorpresa poco grata.
Poco después salió de su palacio con objeto de reanimar el valor de las tropas y de dar órdenes. Sereno y enérgico, como quien abriga designios siniestros, desplegó tanta sangre frÃa, que hasta consiguió inocular cierta esperanza a los mismos que las habÃan perdido por completo.
No entra en el plan de este libro referir detalladamente los incidentes del sitio de Calais; el que desee enterarse de ellos, puede leer las Guerras de Bélgica de Francisco de Rabutin, donde los encontrará prolijamente historiados.