Las dos Dianas
Las dos Dianas —¿No estuvo hospedado en vuestra casa el señor vizconde de Exmés, durante su permanencia en Calais?
—SÃ, señor —respondió Pedro sin vacilar—. Esta circunstancia me hace sospechar, no quiero ocultároslo, que mi primo Juan, el tejedor, ha tenido en el fatal complot más parte de la que debiera.
Lord Wentworth dirigió al armero una mirada atravesada, pero Pedro continuó mirando de frente, con fijeza y sin pestañear, al gobernador.
Tal como Pedro Peuquoy habÃa supuesto, asà sucedió. Sospechó, sÃ; pero comprendió que contaba con pocas fuerzas y sabÃa que el armero era muy poderoso en la ciudad; tuvo, pues, por conveniente hacer que no se trasluciesen sus sospechas. Se limitó a pedirle algunos informes, y le despidió con palabras tristes, pero amistosas.
Cuando quedó solo, lord Wentworth se entregó al más profundo abatimiento. Motivos sobrados tenÃa para desesperarse: la ciudad, reducida a una guarnición escasa, imposibilitada de recibir socorros por tierra o por mar, encerrada entre los fuertes de Nieullay y de Risbank, que la amenazaban en vez de defenderla, podrÃa sostenerse muy corto número de dÃas, acaso muy pocas horas.
¡Situación horrible para el desmesurado orgullo de lord Wentworth!