Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Después de una noche agitada, noche de funestos presentimientos, lord Wentworth había conseguido conciliar el sueño hacia la madrugada, y salía de su dormitorio a poco de haber despertado, cuando los falsos vencidos del fuerte de Risbank llevaban a la ciudad la nueva fatal. El último que la supo fue el gobernador.

Tales fueron su cólera y su dolor, que no queriendo dar crédito a lo que oía, mandó que inmediatamente fuese llevado a su presencia el jefe de los fugitivos.

Momentos después era introducido en su cámara Pedro Peuquoy, quien entró con la cabeza baja y el rostro compungido, como lo requerían las circunstancias.

El astuto armero refirió, fingiendo terrores mortales, la historia del asalto nocturno, trazó un cuadro espantoso de los trescientos feroces aventureros que habían escalado el fuerte de Risbank, ayudados sin duda por algún traidor, que él, Pedro Peuquoy, no había tenido tiempo de descubrir.

—Pero ¿quién mandaba a esos trescientos demonios? —preguntó lord Wentworth.

—¡Ah! ¡A ese le conocí bien! ¡Vuestro antiguo prisionero, milord; el vizconde de Exmés! —contestó Pedro Peuquoy con ingenuidad.

—¡Oh! ¡No me engañaban mis presentimientos! —exclamó el gobernador.

Poco a poco fue enarcando las cejas, hasta que dijo, herido por un recuerdo inevitable:


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