Las dos Dianas
Las dos Dianas Cuando concluía de hacer su ronda, poniendo en ella toda la sagacidad que había aprendido durante el sitio de San Quintín, iba a sentarse a la cabecera del lecho de Martín Guerra, para consolarle y darle ánimos.
El valiente escudero sufría sus dolores con paciencia y entereza de ánimo verdaderamente admirables. Una cosa le afligía sobremanera, le irritaba, le desesperaba; y era el proceder que Pedro Peuquoy había tenido con él.
La ingenuidad de su dolor, la candidez de su sorpresa cuando hacía preguntas sobre un punto que necesariamente había de ser oscuro para él, hubiesen bastado para disipar las sospechas que Gabriel hubiera podido conservar acerca de la buena fe de su escudero, si alguna hubiese tenido.
Decidióse un día Gabriel a contar a Martín Guerra su propia historia, la del escudero, a lo menos tal como la conocía o como la conjeturaba. Ya no dudaba que un infame, un truhán, un pillo redomado, se había aprovechado de su maravillosa semejanza física con Martín para cometer, escudado con el nombre de este, toda clase de maldades y villanías, cuya responsabilidad le importaba muy poco, toda vez que recaía sobre otro, así como también para disfrutar de las ventajas y beneficios que pudiese robar a su alter ego.