Las dos Dianas
Las dos Dianas Lord Wentworth instruyó a su segundo acerca de las condiciones que podrÃa pedir y que el duque de Guisa aceptarÃa sin duda alguna.
—Os olvidáis de vos, milord —observó lord Derby—. Deberé pedir al duque de Guisa que os reciba como prisionero con derecho a rescate; ¿verdad?
En la triste miraba de lord Wentworth brillaron fulgores sombrÃos.
—No, amigo mÃo; no os ocupéis de mà —respondió con una sonrisa extraña—. Me he procurado yo mismo todo lo que me hace falta, todo lo que puedo desear.
—Con todo… —quiso objetar lord Derby.
—¡Basta! —interrumpió el gobernador con tono autoritario—. Haced tan sólo lo que os he dicho, y nada más. Adiós. Daréis testimonio en Inglaterra de que hice cuanto humanamente era posible para defender la plaza que me habÃa sido confiada, y que sólo la fatalidad me ha vencido. Con respecto a vos, luchad hasta el último momento, pero no prodiguéis inútilmente la sangre inglesa. Y ya sabéis cuáles son mis postreras instrucciones, Derby: Adiós.
Y sin querer hablar ni escuchar más, lord Wentworth estrechó la mano a su segundo, abandonó el teatro de la lucha y se retiró solo, sin acompañamiento, a su palacio, prohibiendo severamente que nadie le siguiera bajo ningún pretexto.
Estaba seguro de disponer de dos horas.