Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo X

CON dos cosas contaba lord Wentworth: en primer lugar, con que le quedaban dos horas antes de la rendición de Calais, o lo que es lo mismo, que lord Derby no pediría capitulación hasta las cinco de la tarde; y en segundo, con que encontraría su palacio completamente desierto, pues ya aquella mañana había adoptado la precaución de enviar a todos sus servidores a las murallas. Por orden suya había sido encerrado también Andrés, el paje francés de Diana de Castro, y, por tanto, Diana estaría sola, o con una o dos doncellas, que para el caso era lo mismo.

Y en efecto: todo estaba desierto y como sin vida cuando lord Wentworth entró en su palacio. Calais, semejante al cuerpo enfermo próximo a la muerte, había concentrado sus postreras energías en el lugar donde se peleaba.

Lord Wentworth, triste, feroz, ebrio de desesperación, se encaminó en derechura a las habitaciones que ocupaba Diana de Castro.

No se hizo anunciar, como era su costumbre; entró en aquellas con brusquedad como dueño y señor absoluto, y encontró a Diana acompañada por una de las doncellas que él mismo había puesto a su servicio.

Sin saludar a Diana, que le vio entrar presa de profundo estupor, dijo imperiosamente a la doncella:


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