Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Salid al momento! Es muy posible que los franceses entren esta noche en la ciudad, y no tengo ni tiempo ni medios de protegeros. Volveos con vuestro padre, que a su lado está vuestro puesto. Id sin perder minuto, y decid de mi parte a las dos o tres mujeres que quedan en el palacio que exijo que hagan otro tanto.
—Pero… milord… —objetó la doncella.
—¡Cómo se entiende! —gritó lord Wentworth con cólera, dando una patada en el suelo—. ¡No me habéis oÃdo! ¡He dicho exijo!
—Sin embargo, milord… —se aventuró a decir Diana.
—¿Cuántas veces he de repetir que exijo, que mando? —insistió lord Wentworth con un gesto inflexible.
La criada, asustada, salió de la estancia.
—¡En verdad, milord, que no os conozco! —exclamó Diana, después de un momento de silencio angustioso.
—Es porque hasta ahora no me habÃais visto vencido, señora —contestó lord Wentworth sonriendo con amargura—. Habéis sido para mà un profeta excelente, profeta de ruinas y de maldiciones, y yo un insensato que no di crédito a vuestras profecÃas. ¡Ya estoy vencido! ¡Vencido totalmente! ¡Vencido sin remedio, sin esperanza! ¡Alegraos, señora, alegraos!