Las dos Dianas
Las dos Dianas
STAMOS a 8 de enero y han pasado veinticuatro horas desde que Gabriel de Exmés ha devuelto al rey de Francia la más preciosa de las ciudades perdidas, Calais, y la comprometida existencia del general más grande del reino, el duque de Guisa.
Pero no es nuestro objeto tratar de cuestiones de las cuales depende tal vez el porvenir de las naciones; somos más modestos y vamos a ocuparnos sencillamente de asuntos plebeyos y de negocios de familia. Abandonaremos, pues, la brecha abierta en las murallas de Calais y el lecho de dolor de Francisco de Lorena, y pasaremos a la sala de la planta baja de los Peuquoy.
Allí era donde, para evitarle fatigas, y para que estuviera mejor atendido, Juan Peuquoy había hecho trasladar a Martín Guerra, y allí donde, la víspera por la tarde, Ambrosio Paré había hecho la amputación de la pierna del bravo escudero, con la felicidad que acompañaba a todas sus operaciones.
En realidades se habían convertido lo que no fueron más que esperanzas hasta entonces: Martín Guerra quedaría lisiado, pero viviría.
