Las dos Dianas
Las dos Dianas Describir el pesar, el remordimiento, mejor dicho, de Pedro Peuquoy, cuando supo por su primo Juan la verdad, sería imposible. Su alma rígida, pero íntegra y leal, no podría perdonarse nunca el lamentable error que tan crueles consecuencias tuvo. El honrado armero suplicaba a todas horas a Martín Guerra que le hiciese el favor de pedirle todo cuanto poseía, sus bienes, sus brazos, su corazón y su vida; pero ya sabemos que Martín no había necesitado de aquellas muestras de arrepentimiento para perdonar a Pedro Peuquoy, y lo que es más aún, para aprobar su proceder.
Estaban reunidos todos los individuos de la familia, y no extrañará el lector que asista Martín Guerra, que como de la familia era ya considerado, a un consejo doméstico semejante al que tuvo lugar durante el bombardeo.
También el vizconde de Exmés, que aquella noche salía para París, asistía a la deliberación, menos penosa, desde luego, para los esforzados amigos que pusieron en sus manos el fuerte de Risbank de lo que fuera la anterior.
Y decimos menos penosa, porque la reparación que exigía el honor de los Peuquoy no era ya imposible: el Martín Guerra auténtico era casado, pero esto no probaba que lo fuese también el seductor de Babette. Por lo tanto, era indispensable buscar al culpable.