Las dos Dianas
Las dos Dianas —SÃ, mi querida hermana —decÃa el industrial—. Cuando el señor de Exmés ha hecho al señor duque una historia detallada, pero lisonjera y exagerada en alto grado, de nuestra cooperación en la toma de Calais, el grande hombre se ha dignado manifestarnos, a Juan y a mÃ, su satisfacción, con una gracia y una bondad tales, que yo, por mi parte, no podré olvidar jamás, aunque viviese más de cien años. Pero cuando me conmovió de veras, fue cuando nos dijo que él a su vez deseaba sernos útil, y nos preguntó en qué podÃa servirnos. No he sido nunca interesado ni egoÃsta; bien lo sabes, Babette; pero… ¿sabes qué servicio pienso pedirle?
—¡No, en verdad… no adivino! —murmuró Babette.
—Vas a saberlo —repuso Pedro—. Tan pronto como hayamos encontrado al que tan indignamente abusó de ti, y le encontraremos, pierde cuidado, pediré al señor duque de Guisa que me ayude con su influencia para obligarle a que te devuelva el honor que te robó. No contamos nosotros ni con fuerza, ni con riquezas, ni con influencia, y por lo mismo, os será necesario su apoyo para obtener justicia.
—¿Y si aun con ese apoyo no te la hicieran, primo? —preguntó Juan.