Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Si me falta la justicia —contestó Pedro con energía—, gracias a este brazo, yo te aseguro que no ha de faltarme la venganza. Sin embargo —añadió bajando la voz y dirigiendo a Martín Guerra una mirada tímida—, he de confesar que, hasta ahora, siempre me ha servido mal la violencia.

Calló y se quedó pensativo. Cuando al cabo de corto rato salió de su distracción, observó con sorpresa que Babette lloraba.

—¿Qué te pasa, Babette? —preguntó.

—¡Ay! ¡Qué desgraciada soy! —exclamó la joven.

—¿Desgraciada? Menos que antes. Me parece que nuestro porvenir se serena…

—¡Al contrario! ¡Se entenebrece más y más! —replicó ella.

—No lo creas; todo saldrá como se desea; tranquilízate. Entre una reparación honrosa y un castigo terrible, la elección no es dudosa. Tu amante volverá muy pronto, y tú serás su mujer…

—¿Y si no le acepto por marido? —preguntó Babette.

Juan Peuquoy no pudo contener un movimiento de alegría, que sorprendió la perspicacia de Gabriel.

—¡No aceptarle! —exclamó Pedro, en el colmo de la estupefacción—. ¿Pues no le amabas?


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