Las dos Dianas
Las dos Dianas —Yo amaba al hombre que padecÃa —contestó Babette—, al que me juraba amor, al que me daba pruebas… ¡pruebas falsas, ay!, de cariño, de respeto, de ternura; pero al que me ha engañado, al que me ha mentido, al que me ha abandonado, al que robó, para sorprender mi pobre corazón, el lenguaje, el nombre, y quién sabe si hasta los vestidos de otro, a ese le desprecio, le odio.
—Pero, en fin… si se casa contigo…
—Lo harÃa cediendo a la fuerza —replicó Babette—, o bien para obtener el favor del duque de Guisa; me darÃa su nombre por miedo o por codicia… ¡No, no! ¡Soy yo la que nada quiero de él!
—¡Babette! —exclamó Pedro con severidad—. Olvidas, sin duda, que no tienes derecho para decir «nada quiero de él».
—¡Por compasión, mi querido hermano! ¡No me obligues a casarme con el que tú mismo llamabas cobarde y miserable! ¡SerÃa demasiada crueldad!
—¡Babette… piensa en tu deshonor!
—Prefiero avergonzarme del extravÃo de un instante a tener que sonrojarme de un marido mientras me dure la vida.
—¿Olvidas a tu hijo sin padre?