Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¿Quién quieres que interceda por ti, Babette? ¿No es tan justo como prudente y acertado lo que de ti exige tu hermano? ¡En verdad que es admirable su manera de ver el asunto! Sus ojos no ven más que el honor de su familia y el tuyo, quiere salvar ese honor aunque se pierda todo, y para salvarlo, te obliga a que te cases con un falsario. ¡Es prodigioso, a fe mía! Cierto que ese miserable, ese criminal, deshonrará según todas las probabilidades con su villana conducta a nuestra familia, no bien entre a formar parte de ella; cierto que el señor vizconde de Exmés, aquí presente, habrá de exigirle cuenta estrecha, en nombre del pobre Martín Guerra, de la infame suplantación de su persona, obligándote probablemente, Babette, a pasar por la vergüenza de comparecer ante los jueces como mujer legitima de un odioso ladrón de nombre. ¡Pero qué importa! ¡No por eso se debilitará el lazo legítimo que te una a un criminal, ni tu hijo dejará de ser el hijo reconocido y legitimado del falso Martín Guerra! Como esposa, morirás tal vez de vergüenza; pero tu reputación como muchacha soltera quedará restablecida a los ojos de todos.

Juan Peuquoy se expresaba con tanto calor y tanta indignación, que hasta Babette quedó maravillada.

—¡No te conozco, Juan! —exclamó Pedro sin ocultar su asombro—. Me parece mentira que seas tú el que acaba de hablar; tú, tan moderado, tan sereno, tan tranquilo…


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