Las dos Dianas
Las dos Dianas —Porque soy moderado, porque conservo la serenidad, veo mejor que tú la situación a que quieres arrastrar a Babette.
—¿Crees, por ventura, que toleraré con más resignación la infamia de mi cuñado que el deshonor de mi hermana? No, Juan, no. Quiero creer que el seductor de Babette no habrá causado perjuicios más que a nosotros y a MartÃn Guerra. Si le encontramos, confÃo en la abnegación del bondadoso MartÃn, alma generosa que renunciará, me atrevo a asegurarlo, a una venganza que, al herir al culpable, herirÃa también a los inocentes.
—¡Pues no faltaba más! —gritó MartÃn Guerra desde la cama—. No soy vengativo ni quiero la muerte del pecador. Que os pague su deuda, que yo le perdono de todo corazón la mÃa.
—MagnÃfico con respecto a lo pasado —observó Juan Peuquoy, a quien parece que no hizo mucha gracia la clemencia del escudero—, ¿pero, y el porvenir? ¿Quién nos responde del porvenir?
—Yo respondo, porque velaré —respondió Pedro—. Mi mirada seguirá constantemente al marido de Babette, y este habrá de conducirse como hombre honrado y andar muy derecho, porque de lo contrario…
—Tomarás pronta y severa justicia, ¿verdad? —interrumpió Juan—. ¡A buena hora! La justicia que tomes no impedirá que Babette haya sido sacrificada.