Las dos Dianas
Las dos Dianas
H! —exclamó Babette, contestando a la melancólica duda de Gabriel—. ¿Acaso no conseguÃs felices resultados en todo lo que emprendéis? ¿No os ha sonreÃdo la fortuna, tanto en la defensa de San QuintÃn, como en la toma de Calais, y hasta en la feliz terminación del matrimonio de la pobre Babette?
—SÃ; es cierto —respondió Gabriel sonriendo con tristeza—. Dios consiente que los obstáculos más invencibles y formidables desaparezcan ante mà como por encanto; pero ¡ay!, esto no es una razón para que yo consiga el objeto que anhelo alcanzar.
—¡Dadlo por conseguido! —terció Juan Peuquoy—. El que a tantos otros ha hecho felices, no puede menos de serlo también él.
—Acepto el pronóstico, Juan —contestó Gabriel—, y creedme que es para mà el mejor de los presagios dejar a mis amigos de Calais tranquilos y contentos. Y puesto que tengo precisión de separarme de ellos, quién sabe si para ir en busca del dolor y de las lágrimas, no quiero dejar a mis espaldas ningún rastro de pesar. Antes de marcharme, pues, dejaremos convenido todo lo que nos interesa.
Convinieron la fecha en que se celebrarÃa la boda, a la cual Gabriel, con gran sentimiento suyo, no podrÃa asistir, y luego el dÃa en que saldrÃan para ParÃs, Babette y Juan.