Las dos Dianas
Las dos Dianas —Tal vez —dijo con tristeza Gabriel— no me encontréis en mi casa para recibiros a vuestra llegada, porque tengo precisión de ausentarme de ParÃs y de la corte por algún tiempo. Pero no importa; mi buena nodriza AloÃsa os acogerá como podrÃa hacerlo yo mismo. Sólo deseo que tanto vosotros como ella os acordéis alguna vez del amigo ausente.
En cuanto a MartÃn Guerra, por doloroso que le fuera, habÃa de quedarse en Calais. Ambrosio Paré habÃa declarado que su convalecencia serÃa larga y exigirÃa exquisitos cuidados. La contrariedad del pobre MartÃn no es para dicha, pero de grado o por fuerza habÃa de resignarse.
—Tan pronto como estés bueno, mi querido, mi fiel escudero —le dijo el vizconde de Exmés—, vendrás también a ParÃs, y suceda lo que suceda, puedes tener la seguridad más absoluta de que cumpliré mi promesa, libertándote de tu cruel perseguidor. Hoy estoy doblemente obligado a hacerlo.
—¡Pensad en vos y no en mÃ, monseñor! —exclamó MartÃn.