Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Todas las deudas quedarán liquidadas —repuso Gabriel—. Pero quedad con Dios, mis buenos amigos; es hora de que vuelva al lado del duque de Guisa. En presencia vuestra le he pedido algunas gracias, que me otorgará, tal es mi convicción, si juzga que valen algo los servicios que le he prestado en los últimos acontecimientos.

Los Peuquoy no quisieron despedirse así de Gabriel; manifestaron su voluntad de salir a las tres a la llamada Puerta de París, donde le despedirían deseándole un viaje feliz.

Martín Guerra era el único que se separaba en aquel momento de su amo, por cierto que con vivo dolor. Gabriel procuró consolarle con dulces palabras.

Un cuarto de hora después, Gabriel se presentaba al duque de Guisa.

—¡Hola, ambicioso! —le dijo Francisco de Lorena al verle entrar.

—Toda mi ambición se reduce a serviros lo mejor que puedo, monseñor —contestó Gabriel.

—¡Ah! Lo que es por esa parte, habéis traspasado todos los límites de la ambición —repuso el Acuchillado. (Podemos dar al duque de Guisa este sobrenombre, o mejor dicho, este título de gloria)—. Os llamo ambicioso, Gabriel, porque, a decir verdad, me habéis pedido tantas cosas, y tan exorbitantes, que, francamente, no sé si os podré satisfacer.


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