Las dos Dianas
Las dos Dianas —Es que he medido mis peticiones con la medida de vuestra generosidad, y no con la de mis merecimientos, monseñor —dijo Gabriel.
—Pues si es asÃ, ¡linda opinión tenéis formada de mi generosidad! —replicó el duque de Guisa con dulce ironÃa—. Vais a ser juez vos, señor de Vaudemont —añadió, dirigiéndose a un caballero que habÃa ido a visitarle y estaba sentado junto al lecho—; vais a ser juez vos, y a declarar si es permitido pedir a un prÃncipe cosas tan mezquinas.
—Si asà las juzgáis —observó Gabriel—, diré que me expresé mal, que quise decir que, al hacer mis peticiones, tuve en cuenta mis merecimientos y olvidé vuestra generosidad.
—Por segunda vez argumentáis sobre base falsa, amigo Gabriel —replicó el duque—; porque vuestros merecimientos son cien veces superiores a mi poder remunerador. Prestadme un poco de atención, señor de Vaudemont, y sabréis qué favores inauditos solicita de mà el vizconde de Exmés.
—Me atrevo a afirmar desde luego, monseñor —contestó el marqués de Vaudemont—, que serán muy poca cosa para lo que vos podéis dar y para lo que él merece. Veamos, sin embargo, cuáles son.