Las dos Dianas

Las dos Dianas

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»He creído que debía tratar con generosidad a los vencidos. Estos nos han entregado toda su artillería y todas sus municiones, pero la capitulación deja en libertad a los vecinos que lo deseen para retirarse con sus bienes a Inglaterra. Quizá habría sido peligroso dejar en una plaza recién conquistada ese fermento activo de rebelión.

»La cifra de nuestras bajas es poco considerable, gracias a la rapidez con que ha sido tomada la plaza.

»Me falta el tiempo y el sosiego necesarios, señor, para dar hoy a vuestra majestad detalles amplios. Herido yo gravemente…

El Cardenal palideció e interrumpió la lectura.

—¡Que nuestro primo está herido! —exclamó el rey, fingiendo solicitud.

—Tranquilícense vuestra majestad y vuestra eminencia —dijo Gabriel—. La herida del señor duque de Guisa no tendrá consecuencias, gracias a Dios. A estas horas, únicamente debe de quedarle una noble cicatriz en el rostro y el glorioso sobrenombre de El Acuchillado.

El cardenal, que había leído algunas líneas más, se convenció de que Gabriel decía la verdad y, más tranquilo, continuó la lectura.


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