Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Al oír esto, no pudieron los cortesanos, a pesar de la presencia del rey, contener la admiración, que se tradujo en murmullos prolongados que obligaron a interrumpir la lectura.

La actitud de Gabriel, que se hallaba a dos pasos del rey, en pie, con los ojos bajos, tranquilo, digno y modesto, aumentaba la impresión causada por el relato de su glorioso hecho de armas, y encantaba a la vez a las damas jóvenes y a los soldados encanecidos en la guerra.

Hasta el rey mismo se conmovió y principió a mirar con más dulzura al héroe de aquella aventura épica.

Únicamente la señora de Poitiers se mordía los blancos labios, y el condestable de Montmorency fruncía el espeso entrecejo.

El cardenal, después de la interrupción, continuó la lectura de la carta de su hermano.

«Dueños del fuerte de Risbank, la ciudad era nuestra. Los navíos ingleses no se atrevieron siquiera a intentar un ataque, que sabían que sería inútil. Tres días después entrábamos triunfantes en Calais, secundados eficazmente por los amigos que el vizconde de Exmés tenía en la plaza, que llamaron la atención del enemigo hacía otra parte, y por una salida vigorosísima realizada por el vizconde en persona.


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