Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¿De veras? —preguntó el rey sonriendo bondadosamente.

—Sí, señor; lo confieso. Vos sin duda me habéis comprendido, puesto que me habéis perdonado. ¡Sí! Habría perseguido a vuestra majestad hasta en las personas de sus hijos, con el mismo ardor con que os defenderé y adoraré en vos y en ellos. Ante Dios, que tarde o temprano castiga a los perjuros, protesto que guardaré mi juramento de fidelidad, como hubiese guardado mi juramento de venganza.

—Levantaos, caballero, levantaos —contestó el rey, siempre sonriente—. Calmaos también, y para que ceda vuestra emoción, habladnos de otra cosa: referidnos con algún detalle esa hazaña maravillosa de la toma de Calais, de la que creo que nunca me cansaré de hablar ni de oír hablar.

Más de una hora permaneció Enrique II al lado de Gabriel, preguntando, escuchando y obligando al narrador a repetir cien veces los mismos pormenores.

Pero, al fin, se vio obligado a cederle a las damas, que anhelaban preguntar también al héroe.

Antes, sin embargo, el cardenal de Lorena, que por lo visto no estaba muy al tanto de los antecedentes de Gabriel, en quien no veía más que al protegido de su hermano, se empeñó en presentarle a la reina.


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