Las dos Dianas
Las dos Dianas Aproximóse Gabriel. El cardenal de Lorena se retiró por discreción, pero Diana de Poitiers, que había tomado asiento muy cerca del rey, permaneció inmóvil y pudo oír perfectamente lo que el rey decía, aunque hablaba con voz muy baja.
Enrique II, sin hacer caso de aquella especie de vigilancia, prosiguió con entereza:
—Señor vizconde de Montgomery; sois un valiente a quien aprecio y deseo honrar. Cuando hayáis obtenido lo que con justicia pedís, y que tan dignamente habéis ganado, no por eso os habremos pagado lo que os debemos. Sin embargo, tomad por ahora este anillo, y presentadlo mañana por la mañana al gobernador del Chatelet. Id a las ocho, que para esa hora estará ya avisado y os entregará el objeto de vuestra santa y sublime ambición.
Gabriel, que estaba temblando de gozo, no pudo contenerse, y cayendo de rodillas a las plantas del rey, con el pecho inundado de júbilo y los ojos llenos de lágrimas de reconocimiento, dijo:
—¡Ah, señor! ¡Toda la voluntad, toda la energía de que creo haber dado pruebas, las emplearé, mientras me reste un soplo de vida, en el servicio de vuestra majestad, de la misma manera que las hubiera puesto al servicio de mi odio, lo confieso, si vos, señor, hubieseis contestado a tal demanda: No!