Las dos Dianas
Las dos Dianas —Mi querida AloÃsa —dijo a esta última—; dentro de pocos dÃas llegarán aquà dos huéspedes, dos amigos de Calais: Juan Peuquoy y su esposa Babette. Pudiera acontecer que, cuando lleguen, no estuviera yo para recibirles; pero aun cuando yo no esté, es decir, con doble razón si no estoy, les acogerás y tratarás como si fuesen hermanos mÃos. Babette te conoce de referencia, pues cien veces la he hablado de ti. Tendrá en ti una confianza filial: tenÃa tú también con ella; te lo suplico en nombre del cariño que me profesas, y trátala con el amor e indulgencia propios de una madre.
—Os lo prometo, monseñor —respondió sencillamente la buena nodriza—. Ya sabéis que basta que yo dé una palabra para cumplirla. Podéis estar tranquilo por lo que respecta a vuestros huéspedes, que nada les faltará, asà por lo que hace al alma, como por lo que al cuerpo se refiere.
—Gracias, AloÃsa —dijo Gabriel estrechando su mano—. Andrés —continuó dirigiéndose al paje—; necesito encargar algunas comisiones de importancia a un servidor seguro y vas a ser tú quien las desempeñes, ya que ocupas el puesto de mi fiel escudero MartÃn Guerra.
—Estoy a vuestras órdenes, monseñor —contestó Andrés.