Las dos Dianas
Las dos Dianas —Sin la menor duda —contestó el señor de Sazerac con un acento especial, acento en el que una persona indiferente habrÃa sorprendido, a no dudar, cierto dejo de tristeza y de amargura.
Pero Gabriel estaba demasiado conmovido, demasiado entregado a su alegrÃa para hacer observaciones.
—¿Luego es verdad? —exclamó—. ¿Luego no sueño? ¡No! ¡Mis ojos están abiertos!… ¡Los sueños eran mis insensatos terrores! ¿Vais a entregarme al prisionero? ¡Gracias, Dios mÃo! ¡Gracias, rey de Francia! ¡Pero corramos, señor, corramos; os lo suplico!
Dio dos o tres pasos como para adelantarse a Sazerac, pero sus energÃas, tan robustas ante el sufrimiento, no pudieron resistir la alegrÃa. Vióse en la necesidad de detenerse un momento. Su corazón latÃa con violencia tal, que parecÃa que iba a escapársele del pecho.
La pobre naturaleza humana es incapaz de resistir tantas emociones acumuladas.
La realización casi inesperada de tan remotas esperanzas, la obtención súbita del objetivo de toda su vida, del término de tantos esfuerzos más que humanos, un océano de reconocimiento hacia un rey tan leal y hacia un Dios tan justo, la satisfacción de un amor filial, y mil otros sentimientos excitados y removidos a la vez, eran causas más que suficientes para que se desbordase el alma de Gabriel.