Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Sazerac tomó la antorcha de las manos del carcelero, a quien despidió con un gesto y, poniéndose un pañuelo en la boca, siguió a Gabriel.

A medida que iban bajando, el aire era más sofocante y nauseabundo.

Cuando llegaron al pie de la escalera, la respiración era casi imposible.

Únicamente podían vivir respirando aquella atmósfera las inmundas alimañas que aplastaban horrorizados con los pies.

Pero en nada de esto pensaba Gabriel. Con manos temblorosas tomó de la del gobernador la llave mohosa que este le alargaba, y abriendo la pesada puerta se precipitó en el calabozo.

A la luz de la antorcha vio en un rincón un cuerpo tendido sobre un montón de paja podrida.

Gabriel se abalanzó sobre aquel cuerpo, lo levantó y movió.

—¡Padre mío!… ¡Padre mío! —gritó.

Sazerac tembló de espanto al oír aquel grito.

Los brazos y la cabeza del anciano cayeron inertes cuando Gabriel cesó de mover el cuerpo.


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